Es el modelo de desarrollo lo que nos lleva al colapso.

Toda conquista tecnológica, científica y de derechos, pierde sentido sin poder acceder al
agua segura como derecho humano esencial.
La pandemia que atravesamos como humanidad dice mucho del modelo imperante que
promueve la explotación intensiva de los bienes de la naturaleza motorizada por el capital
trasnacional, el uso de químicos en la minería, la industria y la agricultura así como la
intensificación de monocultivos transgénicos, la pérdida de biodiversidad y las consecuencias
que afectan nuestra salud y el acceso al agua.
Paralelamente asistimos a la firma recurrente de acuerdos y compromisos internacionales,
innumerables reuniones de expertos gubernamentales y declaraciones de todo tipo exhortando
con bellas palabras al uso sustentable de los ecosistemas terrestres, sin resultados concretos
hasta la actualidad.
El derecho a un ambiente sano, equilibrado y apto para el desarrollo humano y su estrecho
vínculo con otros derechos dependen del acceso y abastecimiento de agua dulce y de su
calidad como expresión del derecho a la salud, a la vivienda digna, a alimentos sanos. El
acceso al agua para bebida, usos domésticos y personales y servicios de saneamiento o el
tratamiento en forma segura de las aguas residuales constituyen el más básico de los
derechos, sin el cual los demás carecen de significado.
La acidificación de los océanos, el derretimiento de los glaciares, el aumento del nivel del mar,
la vulnerabilidad de los humedales, la intensidad de lluvias, las sequías. El calentamiento global
y la crisis climática requieren de la protección efectiva del agua en todo su ciclo vital
Somos parte del entramado de la vida en el planeta y nuestra supervivencia está ligada a la
salud de los ecosistemas. De tan obvio, resulta necesario aclararlo. Sin agua, no hay vida, ni
alimentos, ni derechos, ni salud mundial o individual.
Estamos en un punto de no retorno, debemos generar en forma urgente un giro de 180 grados
en nuestro ordenamiento territorial, productivo y económico. Nos urge poner freno al modelo
productivo actual, tal como lo venimos haciendo. La excusa de que no podemos detener el
“progreso y el desarrollo “de nuestro países ya es inadmisible, como lo demuestra la pandemia.
Quizás ahora se comprenda que es necesario resignificar lo que conocimos como “progreso”.
La cantidad de reuniones y congresos internacionales y la redacción de buenas intenciones no
alcanzaron ni alcanzarán. Sino los compromisos por el clima serán papel pintado.
Salgamos del estado de confort y miedo que nos tiene detenido en el sostenimiento de un
modelo obsoleto, que nos arrastra al agotamiento de la vida tal como la conocimos.

Basta de acuerdos internacionales sin consecuencias en la práctica política, iniciemos una
política firme de transformación de nuestra realidad cotidiana. Dejemos de declamar y
acordemos los pasos necesarios para priorizar nuestras fuentes de agua. El resto vendrá solo.